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Lamarck y los mensajeros... 30 años después
En 1995 el biólogo Máximo Sandín escribe Lamarck y los mensajeros: la función de los virus en la evolución, un ensayo pionero que invitaba al lector a replantearse los cimientos teóricos de la biología moderna aportando un poderoso cuerpo de evidencias. Los trabajos publicados por el autor en los siguientes años continuarían profundizando en diversos aspectos científicos y elementos de reflexión que, no obstante, encontramos ya brillantemente planteados en este primer libro.
Tras largo tiempo agotado, hemos preparado una edición actualizada y a todo color que conmemora el 30º aniversario del histórico ensayo original con el título Lamarck y los mensajeros 30 años después.
Entre los nuevos contenidos que incluye podemos disfrutar de una bibliografía temática ampliada, una selección de citas de sandín, una guía de sus publicaciones posteriores y más de 20 acuarelas ilustrativas merced a los pinceles de Nuria Sofía González. Cuenta además con un nuevo prólogo de Almudena Zaragoza y la presentación que compartimos a continuación, donde el antiguo alumno de Sandín Jon Ortega nos habla sobre la importancia y el significado histórico de una obra que, tomada en conjunto, constituye una de las mejores y más completas críticas al paradigma darwinista moderno.

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PRESENTACIÓN
Por Jon Ortega
Hace ya al rededor de 2500 años, en su célebre Politeia (o “La República”), recogió Platón el imperecedero “mito de la caverna”, que a día de hoy continúa siendo la figuración más empleada para ilustrar cómo las propias construcciones culturales de una sociedad pueden llegar a hipnotizarnos de tal manera que perdamos un casi total contacto con la realidad, convirtiéndonos en un “sistema cerrado”, aislándonos de nuestro diálogo vital con la naturaleza.
La alegoría del prisionero que acaba de escapar de la caverna, cegándose con la luz del sol al principio, y poco a poco reconociendo la imagen real de las montañas, las plantas o incluso a su propio reflejo en el agua por primera vez bien puede conectarnos con el proceso interno que muchos vivimos al tomar consciencia del efecto hipnótico que el darwinismo moderno, o neodarwinismo, había tenido en nuestra forma de percibir el mundo: una teoría supuestamente fundamentada en los más sólidos cimientos científicos, con un aura mística de irrebatibilidad, que permitía explicar todo el milagro del origen de las más diversas formas de vida sobre la Tierra, incluidos por supuesto a nosotros mismos. Nadie lo expresó mejor que Henry Gee cuando dijo que “la victoria del Darwinismo ha sido tan completa que es un shock darse cuenta de cuan vacía es la visión darwiniana de la vida".
Por ello no es de extrañar el profundo sentimiento de gratitud que sentimos hacia Máximo Sandín aquellos que, gracias a él, comenzamos a mirar más allá de una representación del mundo tan interiorizada y que condicionaba tan profundamente nuestra percepción de la naturaleza. El efecto real de tal liberación intelectual no es otro que poder experimentar de nuevo la incomparable emoción de ver la naturaleza por primera vez, tal y como cuando eramos niños.
Pertenezco a la generación de alumnos de Biología de los últimos años del siglo XX, cuando una inversión y cooperación internacional de magnitud sin precedentes en el ámbito científico estaba impulsando el histórico Proyecto Genoma Humano. La “fiebre del oro genética” se encontraba en pleno auge, pues se esperaba que los datos que con tanto esfuerzo se estaban recabando permitirían a la industria controlar la expresión misma de la vida y diseñar organismos en lo que pomposamente se denominaba por entonces “ingeniería genética”.
En aquél momento, la “visión darwiniana de la vida” tenía una andadura de casi 150 años y había alcanzado un carácter ya no de narrativa hegemónica, sino de narrativa única, más arrollador que nunca en el seno de la biología. Durante los dos primeros tercios de su recorrido, había evolucionado hacia un paradigma cada vez más reduccionista y mecanicista hasta desembocar en una versión radicalizada del darwinismo conocida como “Teoría Sintética”. Combinando la noción de la Selección Natural y el concepto mendeliano de la herencia, dicha teoría estableció a los seres vivos como contenedores, y a la vez el resultado, de una información genética “cerrada”, esto es, originada por mutaciones aleatorias completamente ajenas a la actividad de su entorno biológico. El salto desde estos fenómenos aleatorios del ámbito fisicoquímico más elemental hasta la prodigiosa morfología, comportamiento y coherencia interna del mundo vivo quedaron explicados exclusivamente por la acción de la llamada “Selección Natural”, una dinámica de poblaciones dirigida por una feroz e implacable competencia por los recursos y la reproducción. A lo largo de la segunda mitad del pasado siglo, los espectaculares avances de la biología molecular y la genética dieron a esta narrativa una apariencia de “explicación completa de la vida” que, posiblemente, llega a su momento culminante en la década del Proyecto Genoma Humano, momento en el que sale también a la luz la primera edición de Lamarck y los mensajeros.
Anteriormente y en diferentes momentos, otros autores habían articulado críticas y mostrado alternativas al darwinismo moderno tan excelentemente fundamentadas y argumentadas como relegadas al olvido y desconocidas por los estudiantes de Biología de mi generación. Los trabajos de Ludwig Von Bertalanffy o Humberto Maturana son dos de los ejemplos más relevantes de esta categoría, en la que en mi opinión hemos de situar también la presente obra. De ella debemos destacar, además de la osadía de haberse escrito en el momento en que el cuestionamiento del pensamiento biológico hegemónico representaba quizás un mayor tabú académico, el ser una de las primeras en sacar a la luz la “cara oculta” de los grandes avances de la biología molecular de los años 80 y 90: en efecto, más allá de todo el ruido y la pompa mediáticos, “de puertas para adentro” comenzaba a evidenciarse que la complejidad y dinamismo de la organización genómica eran de tal calibre que difícilmente podrían armonizarse con las reduccionistas premisas de la Teoría Sintética. Los fundamentos de la vida estaban “mucho más vivos” de lo que se había supuesto.
Esta circunstancia había sido predicha décadas atrás por Bertalanffy gracias a su visión de los sistemas orgánicos como sistemas termodinámicamente abiertos, es decir, sujetos a un intercambio constante y dinámico de materia, energía e información. En resumidas cuentas, la vida es un diálogo constante, o no es. Una lectura atenta de este lúcido librito nos mostrará que, para el momento de su publicación, los datos ya habían dado sobradamente la razón a Bertalanffy, aunque entonces aparentemente nadie se atreviera a decirlo en voz alta.

Máximo Sandín, en una fotografía reciente
A lo largo de los 30 años transcurridos tras su publicación, la soga dogmática del neodarwinismo ha ido, de forma inevitable, dando señales de irse aflojando sutilmente. De hecho, términos como “lamarckismo” o incluso “herencia de caracteres adquiridos” han vuelto a aparecer en los papers científicos (véase la bibliografía ampliada del anexo) gracias al descubrimiento de la llamada “epigenética”, o regulación de la expresión génica en respuesta al ambiente y con efectos hereditarios. Otro buen ejemplo es el viraje respecto a la interpretación de los virus endógenos, secuencias repetidas y elementos móviles del ADN, para los que se creó ad hoc la noción de “ADN basura” en un vano intento de armonizar los hallazgos sobre la complejidad de la información biológica con el estrecho marco conceptual de la Teoría Sintética. Desde entonces, un número creciente de autores han reconocido su rol central en la evolución del genoma y la regulación de su expresión, corroborando por tanto lo que este libro sugería ya en 1995.
Por desgracia, cualquier tipo de hallazgo revelador sobre la naturaleza de la vida poco o ningún efecto parece tener ya sobre unas “ciencias aplicadas” que, como alertaba Sandín desde estas páginas, se encuentran aisladas en compartimentos cada vez más especializados e impermeables a la denominada “ciencia básica”; y evidentemente, mucho más todavía a la Filosofía de la Ciencia o al estudio de sus condicionantes sociales y culturales, campos de reflexión esenciales para una ciencia mínimamente autoconsciente y que el autor desarrollará en mayor profundidad en sus artículos posteriores, recopilados en la obra Pensando la evolución, pensando la vida.
El resultado directo, o valdría también decir la causa directa, de la investigación como un “sistema cerrado” de conocimiento es una instrumentalización cada vez más severa de la ciencia al servicio de los poderes económicos (y, por extensión, políticos). Es por ello que, como ha venido advirtiendo Sandín hace tiempo, nos encontramos inmersos literalmente en una guerra autodestructiva contra los componentes esenciales de la vida orgánica, llámense estos virus, bacterias u “oncogenes”. Una guerra que, ya lo hemos podido comprobar, ha ido escalando con el paso de los años, y seguramente no cesará de empeorar hasta que no tomemos la responsabilidad de rescatar el conocimiento de la vida como un sistema abierto, para que conocimiento y vida puedan reconciliarse y la Biología sea digna de tal nombre. Ni más ni menos que este ha sido siempre el propósito del trabajo de Máximo Sandín, donde se integra todo un abanico de disciplinas biológicas y no biológicas, desde la Paleontología hasta la Historia de la Ciencia pasando por la Biología Molecular, en ese necesario contexto reflexivo que la cultura moderna ha venido arrinconando secularmente mediante la arbitraria distinción entre “ciencias y humanidades”.
En Lamarck y los mensajeros podemos ver la propuesta inicial desde la que se articulará toda su obra. Y como el propio Lamarck observó, la intención o finalidad está presente ya en el gérmen de todas las cosas vivas. Tiene pues el lector entre sus manos una semilla con la intención implícita de ayudarnos a salir de la caverna y retornar, aunque sea torpemente al principio, a acercarnos a la naturaleza con la humildad, el respeto, la admiración y, porqué no decirlo, el disfrute de un niño. Quien desee emprender este viaje de alguna manera ya lo ha comenzado, y quien se encuentra ya plenamente inmerso en él sabe que es para toda la vida porque, al contrario que la arrogancia de quien se cree que lo sabe todo, la humildad del niño nunca deja de presentarnos nuevos paisajes y horizontes. Buen camino a todos.
La Azohía (Cartagena), noviembre de 2024.
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Los mensajeros. Acuarela de Nuria Sofía González